El rubor alicorado de una mirada a través de la copa vacía, un atardecer citadino, el salitre en la piel tras un día en el mar, la resaca luego de bailar toda la noche. Esta exposición lleva a una escala instalativa una serie de momentos fugaces, recuerdos anónimos e íntimos, en donde la corporalidad y complicidad de sus protagonistas flota como una presencia reciente.
En su obra, Nicolás Beltrán encarna por medio de una pintura rigurosa la ambigua condición del cuerpo queer, que se debate entre hipervisibilidad e invisibilidad. Parte de su trabajo es protagonizado por figuras esbeltas y corpulentas, cuya amplia presencia en redes sociales y medios tradicionales construyen la ilusión de un entorno paradisiaco, una fiesta continua, o una utopía cruising. Por otro lado, las obras que componen esta exposición presentan dicha corporalidad apenas como rastro, como un reflejo en el agua o un rumor en el aire. Cada lienzo es un tributo a un momento, a sus detalles banales, a los objetos que guardan huellas de intimidad, seducción y tensión que persisten en cada una de las escenas de la muestra.
Esta tensión entre lo visible y lo oculto, el gesto y su rastro, se complementa con la dualidad entre la bidimensionalidad de la pintura y el carácter escultórico de los shaped canvas [lienzos de forma]. La profundidad, materialidad y peso de cada lienzo se refuerza con el recorte abrupto entre figura y espacio, ilusión que se rompe al rodear las piezas y reconocerlas como bastidor flotante: pintura erudita y utilería escenográfica a la vez. La deliberada proximidad de la exposición a un set de grabación pone en tensión la autenticidad de los espacios, la artificialidad de su constante júbilo, y evidencia que la única manera de perpetuar el idilio de un verano eterno es frente a los reflectores.
Juaniko Moreno
Curador
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